De Bangkok a Chiang Mai en autobús, y manta

Eran las 19:00 de la tarde y nos encontrábamos en la estación de autobuses «Mo Chit» de Bangkok, en busca del bus nocturno que nos llevaría hasta Chiang Mai, a casi 700 kilómetros de distancia. Estaba ya bien entrada la noche pero aún así la temperatura media no bajaba de los 29 grados, lo que sumado a la gran humedad de Bangkok daba como resultado una calor sofocante.

Estación autobuses Chiang Mai

Llegamos a la plataforma número 16 y allí estaba nuestro transporte. Un autobús de aspecto seminuevo con dos plantas para pasajeros. Unas cuantas personas ya estaban subiendo y colocándose en sus asientos. La hora de salida del autobús era las 19:45.

Cuando entramos, intercambiamos impresiones como: «ostia tiene USB para cargar los móviles«, «que «agustico» se está con el aire acondicionado«, «mira tiene hasta una mantita para taparte«… Además de todo eso, el autobús contaba con asientos reclinables para dormir, baño con váter y lavamanos, y una cena incluida que consumiríamos más adelante en una parada de 20 minutos en un restaurante. La cosa pintaba genial, sobre todo teniendo el cuenta lo que nos costó: 529 baths (15,81€) por recorrer la mitad del país en un autobús de esas características.

A la hora prevista el bus arranca y enfila la ruta dirección norte.

A mi lado izquierdo tenía sentado a un inglés llamado Ben que según él llevaba más de doce años viajando de mochilero. Había recorrido gran parte del mundo y ahora se dirigía a Chiang Mai mayormente por la «fiesta de las luces» (Loy Krathong). En ese momento nos enteramos que tendríamos la suerte de presenciar este evento sin saberlo ni planearlo, pues nuestros planes en Chiang Mai se centraban única y exclusivamente en «la selva», y lo que surgiera por ahí.

Al cabo de unas cuantas horas de viaje, empiezo a notar que la gente se echa las mantas por las piernas. Ya no es que se estuviera «bien» en el autobús, ahora empezaba a hacer un «fresquito» toledano allí dentro del que no estábamos acostumbrados en los últimos días por Bangkok. Intentamos bajar la potencia del aire acondicionado desde nuestros reguladores pero no hubo diferencia. Apagar directamente el aire también nos fue imposible.

A las 4 horas aproximadamente de viaje, veo a Raquel que llama a la asistenta del autobús para ver si puede apagar el aire porque «se está congelando de frio«. A esas alturas ya todos a mi alrededor (incluido yo) teníamos las mantas casi a la altura del cuello. El ambiente ya se parecía más a las estepas de Cuenca que a la calurosa Tailandia. La asistenta dice que «sí, por supuesto» y hace un gesto con las manos juntas para ponerse manos a la obra con los reguladores. Nada. Se marcha y vuelve con unos «pañuelos». Intenta colocarlos entre las rejillas de los aires a modo de tapón. Se le vuela cuatro o cinco veces hasta que por fin parece que medio encaja, pero con poco o nulo efecto contra el frio siberiano que salían de las rejillas. La mujer al final desiste pero se va con cara de «objetivo cumplido». Yo no me molesto ni en llamarla, sabiendo que el resultado será parecido. Opto por echarme la manta por encima de la cabeza y taparme lo máximo posible e intentar dormir algo. Así el resto del viaje se me haría más ameno.

Consigo dormirme y a las pocas horas me despiertan unas largas carcajadas. La de Mireia y Raquel. A unas 3 horas de la llegada a nuestro destino, el autobús ya parecía sacado de la película «Ice Age» con gotas de escharcha en las ventanas y todo. El frío era ya un poco insoportable y la imagen del interior la siguiente:

Ante semejante panorama, y el hecho de que estuviéramos pasando ese frio en Tailandia, no nos quedaba más que tomárnoslo a guasa, y no faltaron los comentarios tipo: «cuando te pregunten qué tal en Tailandia les dices que de puta madre pero que un frío de cojones», «si lo llegamos a saber traemos el abrigo de plumas»…

Finalmente, sin síntomas de hipotermia ni congelación, a las 05:30 de la madrugada llegábamos a Chiang Mai, después de 10 horas metidos en un carrito de los helados, pero a lo grande. Jamás nos imaginábamos que pasaríamos frio viajando por Tailandia, sobre todo después de dos días y medio de bochornoso calor en Bangkok. Pero así fue. Una experiencia más que contar a nuestros nietos y a todos los lectores en el blog de Penúltimo Viaje.

Primeras luces de una Chiang Mai «todavía» desértica

Nota del autor: aunque esta entrada no pase de ser una anécdota con escasos detalles sobre el viaje en sí, las preguntas que me surgen después de esta experiencia son: ¿sabían ellos con antelación que los aires acondicionados no se podían apagar durante el trayecto? ¿por qué sino el detalle de una manta (bendita manta), en un país y una época donde la temperatura no baja de los 22 grados a ninguna hora del día? A día de hoy no podría contestarlas con seguridad. Tampoco son algo que me quiten el sueño. Pero sí me gustaría saber algún día si esto es algo común aquí en los viajes de autobús o no («lo hacen por los malos olores» dice David), quizás tenga razón. En cualquier caso para mí quedará como una divertida anécdota que nos hizo reír un buen rato.

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