Descubriendo el Rajastán (2/3): Púshkar y su lago sagrado y Jodhpur, la ciudad azul

Tras un largo viaje de casi 5 horas, sentado en un abarrotado bus local como único extranjero, llegué a la ciudad de Ajmer, donde no pararía más que para coger otro bus que por 16 rupias (0,21€) me llevaría directamente hasta Púshkar.

Pacíficas calles en Púshkar
Entre vacas y motos transcurre la vida en Púshkar

Púshkar es una pequeña ciudad de poco más de 20.000 habitantes. Pero no nos dejemos engañar por su tamaño o población. Se dice que es una de las ciudades más antiguas de India, además de ser un importantísimo lugar de peregrinación para los hindúes a causa de su lago, considerado uno de los lugares más sagrados de la religión hindú.

Lago Púshkar
La ciudad de Púshkar, dispuesta alrededor del sagrado lago

Según cuenta la leyenda, el lago apareció en el mismo lugar donde Brahma (dios hindú creador del universo) dejó caer una flor de loto. Según me contó el famoso «Doctor» de Púshkar, después del sagrado funeral de incineración en la ciudad de Varanasi, la familia del fallecido está obligada a visitar Púshkar para ser «bendecida y limpiada» en aquellas aguas. De ahí que cada mañana –a pesar de los gélidos 8-9 grados de temperatura con que amaneciamos– me sorprendiera observando cómo decenas de personas se mojaban el cuerpo e incluso se bañaban en aquel lago, mientras yo no podía dejar de tiritar de frío tan solo de verlos.

Ghat lago Púshkar
Uno de los 52 ghats (o puertas) de ingreso al sagrado lugar

A pesar de ser una ciudad pequeña, cuenta con cientos de templos hindús, de todos los tamaños y colores. Entre todos ellos cabe destacar uno de los pocos templos que existen en honor al poderoso Brahma, el dios creador de cuatro cabezas. Influenciado por algunas reseñas negativas que hablaban de que el templo y sus alrededores estaba repleto de timadores y ladrones, no lo llegué a pisar (lo sé, no hay que dejarse influenciar demasiado por reseñas para visitar un lugar, pero en ese punto no quería ni oír hablar de más timadores).

Gurdwara Singh Sabha
El Gurdwara Singh Sabha, templo de la religión Sij

Púshkar es uno de esos lugares en los que recorrer sus calles, repletas de tiendas y mercados, es casi tan placentero como sentarse en uno de los ghats del lago y contemplar la admiración que los hindúes sienten por él.

Calle principal Púshkar
Una de las principales arterias de Púshkar
Tiendas de piedras talladas, figuras y souvenirs
Tampoco faltaban las ropas textiles y de ropa

Y en uno de aquellos días en los que la niebla y el frío dieron un poco de tregua, me acerqué hasta el popular «Sunset viewpoint», frente a uno de los más concurridos ghats del lago, para contemplar la maravillosa puesta de sol que se dio cita allí. Como siempre digo: los mejores placeres de la vida suelen ser gratis 🙂

¿Preparados para el espectáculo?
Puesta de sol lago Púshkar
Espectacular
Entre monos, animales omnipresentes en India

Como punto final a mi paso por Púshkar, diría que es un lugar que me transmitió una profunda calma y serenidad, el cual me ayudó a descansar y relajar mi ánimo para proseguir mi viaje alrededor de este país tan especial. Una ciudad (más o menos) ajena al turismo, en la que la fe religiosa ocupan la mayor parte del día a día de los indios. En aquel lugar conocí a tres españoles más (dos chicas de Baleares y uno de Teruel), lo cual representa el récord actual hasta ahora.

JODHPUR

Y por fin, se cumplió mi deseo de viajar en tren en India. El trayecto escogido para este primer viaje (de otros tantos que le seguirían) fue el de AjmerJodhpur con una distancia entre ambas ciudades de 220 kilómetros y una duración del trayecto de 5:20 horas.

Vagón tren India
Vagón de tren Ajmer – Jodhpur

Cada vez que me preguntan, lo digo sin miedo a equivocarme: Jodhpur ha sido para mí la ciudad más bonita de todas las que visité en India. Recorrer sus coloridas y casi solitarias calles del casco antiguo fue una verdadera experiencia y un gustazo. Muchísimo más cuando miramos arriba y nos encontramos el imponente Fuerte de Mehrangarh sobre nuestras cabezas, coronando la ciudad.

Calles azules Jodhpur
Ni un alma en aquellas preciosas calles
Templo rosa Jodhpur
Templo hindú

El mismo día que llegué a la ciudad, a eso de las 9 de la noche, me fui a buscar un lugar donde cenar algo, sin mucho éxito. No recordaba lo pronto que comen y cenan los indios. Al final, encontré una pequeña «cafetería-restaurante» abierta, no muy lejos de mi hostal.

La cafetería en cuestión

Allí me planté, y entre extrañados y divertidos, los trabajadores de aquel lugar me dijeron que estaban apunto de cerrar, pero que me podían preparar un sandwich, u otra cosa de comida fría, ya que la cocina estaba cerrada. Acepté el sandwich y tras una corta charla, me fui. Pues bien, ya no pude dejar de volver cada día de los que pasé en Jodhpur.

Aquel que entra ya nunca sale…
Por si no tenía bastantes pintas de indio…

La comida estaba rica, y el lugar limpio y curioso, pero no fue aquello lo que me motivó a volver a diario. Fueron aquellos indios (y un nepalí) los que con su honestidad y generosidad me ganaron por completo. Día tras día, ya fuera para la comida del medio día, o para la cena, a la vuelta de alguna visita turística, me tenían allí, charlando y riéndonos juntos, mientras me preguntaban cómo era la vida en Europa y España, y al tiempo me explicaban cómo funcionaba en India. Hasta el día de hoy, un mes y medio después de aquella visita, todavía recibo mensajes de alguno de ellos preguntándome que cuando vuelvo, que me echan de menos.

Con el equipo de 99-Cafe

Al parecer, aquel lugar estaba regentado por cuatro hermanos a los que no les va nada mal, uno de ellos es oficial de policía (¿tendrá eso algo que ver?), y al menos dos de ellos trabajan a diario en el restaurante, como uno más. El ambiente que se respiraba en aquel lugar era más que positivo, y como me dirían los propios trabajadores, allí todos eran una piña y trabajaban por igual, como una familia.

Con el respetado hermano mayor

Si alguien me preguntara qué recomiendo yo hacer en Jodhpur, además de la visita obligada al Fuerte de Mehrangarh, yo respondería que caminar y perderse entre sus calles una y otra vez, observando el transcurrir de la vida en aquella ciudad. No hay espacio para el aburrimiento entre aquellas calles de fantasía.

Y el mar se partió en dos…
Diversidad de colores en la «ciudad azul»
El «Ghanta Ghar», la torre del reloj
El «Ghanta Ghar», durante la noche

Por supuesto, una vez que estamos caminando sin parar, no viene mal pararse a preguntar dónde queda el casco antiguo de la ciudad, y dirigirse directamente hacia allí (es donde se encuentran la mayoría de casas y edificios pintados de azul), sobre todo si queremos huir del bullicio de las calles más céntricas y concurridas de la ciudad.

Niño calles Jodhpur
El niño que quería ser fotografiado

En mi hostal tuve la suerte de conocer a otra persona muy singular que me acompañaría por un día y medio en mi periplo por Jodhpur. Se trata de «Jenny» una joven inglesa que siendo católica de nacimiento, en uno de sus viajes, en Grecia, se convertiría al «islam». Desde ese entonces, como es común entre sus fieles, no deja de rezar «con dirección a la meca».

Jenny, con su indumentaria «musulmana», en uno de sus rezos diarios

Con ella precisamente me fui a visitar en uno de aquellos días el que para mi es sin lugar a dudas el plato fuerte de Jodhpur: el Fuerte de Mehrangarh.

Fuerte de Mehrangarh
Majestuoso e imponente, el Fuerte de Mehrangarh

Pocas veces antes había visto un lugar tan inmenso, diseñado de una manera tan elegante. El Fuerte de Mehrangarh lo tiene todo en su conjunto. Se trata de una enorme y basta fortaleza, ubicada a 125 metros por encima de la ciudad de Jodhpur, que sirvió como fuerte y palacio real al mismo tiempo. La entrada cuesta 600 rupias (7,75€) con la entrada al museo interior y audio-guía incluido. Aunque comparado con los demás monumentos puede parecer caro en un principio, yo salí de allí con la sensación de que había merecido la pena todas y cada una de ellas.

Construido a mediados del siglo XVII (hace más de 500 añitos) sorprende sus gruesos y anchos muros, y sus largas murallas, desde donde tenemos una panorámica de la ciudad azul de Jodhpur digna de admirar.

Ciudad de Jodhpur
La ciudad azul tras el atardecer

Tras la hora dedicada a la visita de los museos interiores del fuerte, nos fuimos a un extremo del perímetro para contemplar lo mejor posible la puesta del sol desde aquella altura.

Cañón Mehrangarh
Cañón listo en Mehrangarh
Puesta de sol entre las murallas de Mehrangarh

Así que, como no vamos a reconocerlo, mi cortísima estancia en Jodhpur, de tan sólo tres días y medio, la cual me hubiera gustado haber alargado, contribuyó (y mucho) a mejorar mi opinión respecto a India y los indios, y sobre todo mis ánimos para continuar recorriendo el norte del país, del que ya llevaba recorridos ni más ni menos que 600 kilómetros del mismo (y los que me quedaban).

Como buena ciudad india que es, Jodhpur tampoco se libra del caos y la suciedad

Y después de quedar encantado con la «ciudad azul» y pasar también unos buenos momentos en la «ciudad rosa», tocaba completar la paleta de colores visitando la también popular «ciudad dorada», cuyo nombre es… ¡Lo averiguareis en la próxima entrada! 🙂

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