La pagoda de Linh Phuoc y la Crazy House, dos lugares para «volverse loco»

Como comenté en mi primera entrada sobre mi llegada a la ciudad de Da Lat, en uno de aquellos días en los que me encontraba recorriendo la ciudad, se me acercó un hombre ya entrado en años conduciendo una moto, y con un «chapurrero» inglés me intentaba convencer de que hiciese con él alguno de los «fantásticos tours» que tenía para ofrecerme. Para darle mayor consistencia a sus palabras, me preguntó de qué país era y, al responderle que venía de España, sacó una pequeña y desgastada libreta y me mostró algunas de sus páginas en las que pude leer varias recomendaciones en castellano de anteriores clientes que dejaban constancia de su satisfacción con los servicios del señor «Pong» (no era así como se llamaba aquel buen hombre, pero como mi memoria no da para tanto, y menos cuando se trata de nombres, vamos a adoptar este para referirnos a él). Como vi que el hombre ponía esfuerzo y ganas intentado hacerse entender en inglés (cosa que no es común entre los vietnamitas) y además parecía buena persona, tras un regateo no muy extenso, acepté a realizar uno de sus tours, y quedamos en la puerta de mi hostal a la mañana siguiente.

Vietnamita Da Lat
El simpático señor «Pong»

Además de llevarme a lugares como los invernaderos y plantaciones de Da Lat, una de las villas francesas, y la antigua estación de trenes, nos acercamos también a la visita que sin duda alguna más me impresionaría de todo aquel recorrido: la pagoda de Linh Phuoc.

Pagoda Linh Phuoc
Vista frontal de la pagoda
Interior Linh Phuoc
Interior de la pagoda
Alabado seas, Buda

Por alguna extraña razón, aquella pagoda me maravilló. Y no es que fuera la primera que había visitado, no. Ya en Tailandia, así como en Camboya y en otras partes de Vietnam, venía de visitar pagoda tras pagoda, templo tras templo, así que no es que fuera la impresión de «la primera vez» lo que me sorprendió tanto.

Consumí aproximadamente hora y media recorriendo aquel lugar. Completamente rodeado de gente, pero por alguna extraña razón, sintiéndome tranquilo, en paz y relajado. Hubiera podido estar horas y horas ensimismado en aquella maravilla, perdiéndome en sus interiores, pero había acordado con «Pong» que una hora y media sería suficiente para aquel lugar, y me esperaba allí fuera para llevarme al siguiente destino. Si alguna vez vuelvo a Da Lat, no tengo duda de que volveré a aquel lugar, para pasar al menos una mañana entera allí.

Vista superior de la pagoda principal

Al estar escribiendo ahora esta entrada y buscar información detallada sobre este lugar, más de un mes después de visitarlo, me entero de que todo el mismo ha sido construido con piezas de cerámica y cristal recicladas (el inglés de mi guía no daba para tantas especificaciones técnicas), y ahora, al volver a recordar aquello añadiéndole semejante detalle, el lugar cobra aún mucha más importancia y valor para mí.

Buda de flores
Con 17 metros de altura, la estatua de Buda más alta del mundo. Hecha con más de 360.000 flores en Da Lat, en 2010.

Y si el exterior de los edificios me dejó boquiabierto, el interior no lo haría menos. En una de sus salas circulares, ambientada y decorada hasta el más mínimo detalle como si de un pequeño parque rodeado de árboles se tratase, me encontré unos 10 monjes budistas hechos de ¿cera? en posición de meditación. Estaban tan bien hechos que parecía que en cualquier momento comenzarían a moverse y hablar entre ellos. Lo curioso fue la paz exterior e interior que se respiraba allí dentro.

Monje budista de cera
Fijaos si transmitía calma el lugar…

Y cuando llegué al final de aquella enorme estancia y pensaba que se había terminado, me topé con dos extrañas figuras que al verlas de primeras en un lugar como aquel, el primer pensamiento que me vino a la mente fue «bueno, alguien se ha quedado sin trastero y se ha traído estos bichos aquí», porque a decir verdad, entre todas aquellas figuras de «Budas» y monjes, ¿que pintaban dos especies de minotauros enfadados allí?

Protectores entrada inframundo
Los «bichos» en cuestión, ¿a que dan miedito?

Pues resulta que aquellos dos «minotauros» eran los guardianes de la entrada al infierno budista. Sí, como lo leéis, los budistas también tienen su infierno, y es muy parecido al que sería el infierno cristiano, por cierto.

Me sobrecogió un poco al bajar las escaleras y verme en el aquel oscuro lugar, que parecía tan real. Unos estrechos pasillos de paredes de piedra, con celdas a cada lado donde las almas de aquellos que estaban allí encerrados eran torturadas y atormentadas por horribles demonios de todo tipo y condición. Aquellos pasillos parecían no tener fin. Celdas y más celdas, mostrando todo tipo de horribles escenas, a cada cual más sangrienta y grotesca.

Las fotos que adjunto, además de estar pésimamente tomadas debido a la oscuridad y los reflejos, para nada reflejan el siniestro ambiente que se sentía en aquel lugar. Salí de allí un poco conmocionado y confuso, buscando inmediatamente en la Wikipedia información sobre el «infierno budista», del que desconocía su existencia.

CRAZY HOUSE

Welcome Crazy House

Apenas un mes antes de emprender este viaje, estuve de visita durante casi una semana en la preciosa Barcelona, en mi país, España. Era la primera vez que visitaba aquella mágica ciudad y la verdad es que me encantó. De aquella experiencia, que compartí con uno de los grandes amigos que hice en Inglaterra, hablaré quizás más adelante en este blog. El caso es que estando en la ciudad condal, tuve la suerte y el privilegio de contemplar algunas de las obras de Antoni Gaudí, como la Sagrada Familia o el Parque Güell y quedé maravillado con aquellos diseños y estructuras de cuento.

Pues bien, como curioso es el destino, sin saberlo ni imaginarlo, tan sólo unos pocos meses después me encontraría en Vietnam frente a este otro lugar de cuento, a más de 10.000 kilómetros de la Barcelona de Gaudí, diseñado por la arquitecta vietnamita Đặng Việt Nga, que tal y como ella reconocería, se habría inspirado en la obra del arquitecto catalán Antoni Gaudí para diseñar su edificio. ¡Y qué edificio señoras y señores! Aquello sí que fue un sentimiento de estar en una película de Disney.

Entrada Crazy House
Entrando en «el país de nunca jamás»
Escaleras Crazy House
Escalera de troncos
Casita entre árboles

Inaugurada en 1990, la «Crazy House» o «pensión Hằng Nga», comenzó como un proyecto personal de esta creativa mujer, que en contra de todo tipo de trabas administrativas y personales en aquella época (debido al «extravagante» estilo del diseño que se alejaba completamente de la «simpleza comunista») que le costó la demolición de algunas partes de su obra al comienzo, confiada y esperanzada, siguió adelante con el proyecto tirando única y exclusivamente de su propia financiación. Ni que decir tiene que con el paso de los años, mientras el proyecto tomaba forma (aún hoy sigue en construcción y expansión) el edificio y su mágico diseño fue maravillando a propios y extraños, hasta ganarse el respeto y el reconocimiento de instituciones y personalidades de todo tipo y condición. Está considerada uno de los diez edificios más creativos del mundo.

Tela araña Crazy House
¡Cuidado! Arañas gigantes habitan aquí…

Al poco tiempo, con el principal objetivo de subsanar las deudas y los ingentes gastos que conllevaba la construcción de tal obra, se convirtió en una especie de albergue, con diez habitaciones temáticas (habitación del oso, de la hormiga, del águila…) que tanto por diseño como por detalles harían creer hasta a el más serio que se encuentra en cualquier lugar de «nunca jamás». A día de hoy (supongo que debido a su fama y reconocimiento) los precios por noche de una de estas habitaciones se escapan un poco de las posibilidades de cualquier viajero con bajo presupuesto (rondan los 50€ la noche), pero huelga decir que vivir la experiencia de hospedarse en una de las mágicas habitaciones de este lugar por una temporada puede ser una experiencia inolvidable.

Habitación del oso Crazy House
La habitación del oso
Habitación del águila Crazy House
La habitación del águila

Según la arquitecta, cada habitación, con su respectivo animal, representa a una nación y personalidad diferentes. Por ejemplo, la habitacion del oso representa a los rusos, por su fuerza y grandeza. El águila representa a los estadounidenses. La hormiga a los vietnamitas, por su capacidad de trabajo y humildad. Y así sucesivamente con el resto de ellas.

La entrada costó 60.000 dongs (2,30€). Al mismo entrar tienes la opción de contratar uno de los guías que allí trabajan, aunque del precio ni me preguntéis, pues yo decidí recorrerla a mis anchas, mientras móvil en mano y tirando de Wikipedia me iba empapando de la historia y sus particularidades. Invertí más de dos horas recorriendo sus estrechos pasillos, puentes, escalones y terrazas y aún así siento que no llegue a saborear del todo aquel lugar.

Soy consciente de que sólo con fotos o descripciones imprecisas cuesta encontrarle el punto a este lugar. Por eso lo ideal es vivir la experiencia en nuestras propias carnes, ver con nuestros propios ojos y sentir con nuestros sentidos. Yo me planté allí habiendo visto en toda mi vida no más de 5 o 6 películas “Disney” (sí, he tenido infancia, pero yo fuí más de Oliver y Benji y Pokémon, ¡qué pasa!) pero al entrar en aquel lugar, sentí como si todos aquellos lugares de cuentos y películas pudieran existir de verdad, en algún lugar.

Obras Crazy House
Continúan las obras de expansión del lugar

Y ya que empezaba a anochecer, contento y maravillado, salí de aquel lugar con rumbo a mi hostal para pasar una nochebuena diferente con el divertido grupo de personas entre europeos, sudamericanos y asiáticos que allí nos alojábamos. Mención aparte para el Staff del Friendly Fun Hostel, que como dije en mi primera entrada sobre Da Lat, fueron el Staff más cálido y acogedor que he tenido el placer de conocer hasta este momento en mi viaje. ¡Gracias por todo!

Cenita de nochebuena en el Friendly Fun Hostel de Da Lat

Lamentablemente para mí, la fiesta no se alargó mucho, ya que esa misma noche tenía que coger otro autobus nocturno con destino a Saigón, donde al día siguiente me tocaría despedirme temporalmente de Vietnam y coger un avión que me llevaría a Nueva Delhi, en India, mi próximo destino y mi próximo país por descubrir.

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