Preliminares en Agra

Más de 17 horas de tren hicieron falta para cubrir los casi 700 kilómetros que separan la ciudad de Amritsar, en la región del Punjab, de Agra, la ciudad que alberga el Taj Mahal. La primera impresión de aquel lugar no fue buena, aunque fue mejorando poco a poco con los días hasta llegar al culmen en el momento en el que me planté frente a una de las siete maravillas del mundo.

Estación de trenes de Agra
Estación trenes Agra

Agra es una típica ciudad india de mediano tamaño, pero con menos encanto. A pesar de eso, gracias al baratísimo alojamiento que encontré, pasé allí más de una semana, recorriendo hasta sus más recónditos callejones, pero había algo que no terminaba de gustarme. Seguramente fuera aquel «sentimiento» de sentirme en una de esas ciudades en las que hagas lo que hagas, eres un turista más, que no hay espacio para la interacción, sólo para la venta y la compra. Esto suele pasar en casi todas las ciudades o lugares que albergan maravillas arquitectónicas o naturales. Recuerdo haber tenido una sensación muy similar cuando visité Venecia, donde además de no conocer a un solo veneciano, aprendimos lo que es pagar por los «cubiertos» en los restaurantes, los que hayan estado entenderán lo que digo.

Thali Agra
El «thali» indio

A pesar de aquella primera impresión agridulce, me lancé a recorrer la ciudad y a visitar algunos de los lugares más emblemáticos de la misma, para ir haciendo boca antes de encarar el plato fuerte, el Taj Mahal.

Interior tuk-tuk

Tuve la suerte de toparme durante los primeros días con Shahid, un indio natural de Agra que en aquellos días comenzaba a trabajar como conductor de Uber, transportando gente en su moto.

Lo curioso de la vida de Shahid es que su ocupación de «conductor» era meramente recreacional. Lo hacía por el placer de conducir su moto (al tiempo que se ganaba un dinerillo extra) y también para desconectar de su trabajo real, del que se saca un señor sueldo de unas 35.000 rupias mensuales (casi 500€), lo cual es bastante si lo comparamos con la media habitual india que suele rondar las 24.000 rupias (300€).

Con Shahid (centro) y su hermano en su centro de trabajo

El trabajo en cuestión de estos dos hermanos consiste en cortar y pulir todo tipo de piedras naturales recicladas (mármol, granito, caliza…) de todos los colores y características que les mandan sus millonarios contratistas estadounidenses desde todas partes del mundo. Allí en su casa, la cual es también su lugar de trabajo, almacenan una enorme cantidad de piedras naturales de todo tipo, ordenadas y clasificadas por su nombre, esperando ser utilizadas en el próximo proyecto que les ordenen. A base de cortar, pulir milimétricamente y unir partes de diferentes piedras, recrean espectaculares imágenes -y a color- de una amplia variedad de temas (desde una imagen de Peter Pan, de Disney, hasta la última cena de Jesús y sus doce apóstoles).

Algunas de estas recreaciones llegan a medir hasta varios metros de largo y más de uno de ancho. Una vez finalizadas, las enmarcan y las mandan a sus contratistas en Estados Unidos, que las ponen en venta o las subastan por cantidades que yo no me atrevería ni a especular.

Algunas de sus obras les llevaron hasta 6 meses continuados de trabajo, con grupos de hasta más de 10 personas, en algunas ocasiones (esto depende exclusivamente de la urgencia del proyecto y si tiene tiempo límite fijado o no). Una vez que terminan un trabajo, tienen que borrar toda fotografía o prueba que tengan del mismo, si es que tienen alguna. Evidentemente no me dejaron tomar ni una sola fotografía de sus trabajos. Según me contaron, habían firmado un contrato de confidencialidad con sus contratistas en los que se comprometían a no divulgar, ni siquiera conservar, fotografías de las obras que realizaban. Muy típico de la mentalidad norte americana respecto a la competencia y los negocios ¿no?

Con respecto a aquellas obras, yo personalmente, que he nacido en un lugar donde el principal sustento económico es el trabajo del mármol (más en concreto el precioso mármol blanco, que se extrae de las canteras de mi pueblo, Macael), puedo asegurar que no había visto nada ni siquiera parecido a lo que aquellos indios hacen allí. Incluso he estado buscando en internet imágenes que se asemejen a aquellos trabajos para publicarlas aquí como ejemplo y no he sido capaz de encontrar nada similar.

Montañas de piedras naturales recicladas se amontonaban en cada esquina de la casa de Shahid

Una vez terminada la productiva visita a la casa de Shahid, me fui al centro de la ciudad, cerca de la estación de trenes, y me perdí recorriendo estrechas calles que a juzgar por las indumentarias y el diseño sería el barrio musulmán.

Toc Toc, ¿hay alguien en casa?

Allí me planté frente a una de las mezquitas musulmanas más grandes de la ciudad, la conocida como Jama Masjid.

Jama Masjid Agra
Mezquita Jama Masjid

Allí, en la misma entrada de la mezquita, se encontraba un joven musulmán que, como si estuviera esperando exclusivamente mi llegada, se empeñó en hacer de «guía» de aquel lugar. Al no encontrar la manera de quitármelo de encima, acepté el «servicio» por 50 rupias y en un paupérrimo inglés con retazos de hindi entremezclado el chaval dio el máximo por hacerse entender y explicarme los detalles de todo aquel lugar.

Escuela musulmana dentro de la mezquita

El lugar al final no tenía mucho que rascar, y en poco más de media hora la visita quedaba concluida. Me despedí de mi guía con una foto y partí hacia el siguiente destino turístico, el conocido Fuerte Rojo de Agra.

Con el pequeño guía

Todo el que haya viajado mínimamente por el sudeste asiático se habrá dado cuenta con gran facilidad del abuso al que somos sometidos los turistas extranjeros tanto por compañías y servicios privados, como públicos (y esto posiblemente sea lo más grave). Especialmente en India y en Nepal, te intentarán cobrar de más en casi todo lo que compres o contrates (excepto algunos servicios públicos como trenes, entradas a monumentos…). Y no hablo de cobrarte «algo» más que a los locales, o siquiera el doble, no, hablo de pagar hasta trece veces más el precio que ellos pagan, por el simple hecho de ser extranjero.

Precio para turistas indios: 50 rupias
Precio para turistas extranjeros: 650 rupias

Esto, vuelvo a repetir, no solamente ocurre aquí, en el Fuerte Rojo de Agra, sino en prácticamente todos los monumentos y atracciones de la mayor parte de países del sudeste asiático, en unos multiplicado por menos y en otros por más. Así que por uno de esos «arranques» que me dan a mi a veces en la vida, al ver semejante abuso por parte de las autoridades públicas con respecto a los extranjeros, y al pensar que tenía que pagar también la nada despreciable suma de 1300 rupias (16€) por entrar en el Taj Mahal 3 horas, decidí que no me daba la gana pagar las 650 rupias que piden por entrar en el Fuerte Rojo, a pesar de las buenas recomendaciones de las que goza.

Fuerte Rojo Agra
Fotos del fuerte desde la entrada principal

Así que tal y como llegué al Fuerte Rojo me fui, pero no sin antes quedarme allí un largo rato en la entrada del mismo, frente a las curiosas miradas de los conductores de tuk-tuk que se estarían preguntando si era indio o extranjero, por lo que apenas se acercaban a mí, mientras que al momento que veían a un grupo de chinos o de personas con claros rasgos extranjeros aproximarse, se lanzaban en manada a acosarles para que cogieran un tuk-tuk. Allí permanecí observando aquellas escenas durante casi 1 hora, pensando seriamente si debía aprovechar mi condición de «infiltrado indio» y unirme a la fiesta, persiguiendo también a chinos y europeos al grito de «¡tuk-tuk, tuk-tuk zer!«

Tuk Tuk´s Mafia

Donde sí me di «el lujo» de entrar, por 300 rupias (3,80€), fue a la Tumba de Akbar el Grande, en el barrio conocido como Sikandra.

Mausoleo de Akbar

Algunos indios deberían patentar la profesión de «engañaturistas«. Se ve que les encanta, es más, lo llevan en la sangre, en la cultura. ¿Por qué digo esto? Pues porque como no podía ser de otra forma, después de haber pagado religiosamente mi entrada de 300 rupias y haberle explicado amablemente a uno de los guías de la entrada que no necesitaba de sus servicios (unas tres veces), llegué a uno de los «checkpoints» donde te revisan el ticket, y allí mismo, sentado junto a los controladores, se encontraba un joven que me aseguraba que si no contrataba guía no podría entrar a ver la tumba de Akbar, cosa que era evidentemente mentira, claro.

Akbar Tomb
Mausoleo de Akbar el Grande

Cansado ya como estaba de lidiar con estafadores le dije que asumiría el riesgo y seguí andando hacia adelante. No pasaron mi 15 segundos cuando lo tenía pegado a mi derecha, caminando junto a mi e intentando convencerme de que le dejara demostrarle cuán genial guía es. En un momento dado, tras unos 4-5 «noes» repetidos, me paré y le pregunté si me dejaba ver su licencia de guía, y en ese momento llegaron los nervios: «aahmmm… sí, la licencia, la tengo, pero me la he dejado en casa«. ¿Es que nunca van a terminar las mentiras de salir por su boca? Pensé yo. Bueno, pues no conseguí quitármelo de encima a pesar de que le dije por activa y por pasiva que no quería ni necesitaba guía. Así son los indios, insistentes como ellos solos. Eso sí, me aproveché de sus servicios como fotógrafo al máximo. Si no me sacó 20 fotos en cada esquina del mausoleo, no me sacó ninguna. Él me sacaría unas cuantas rupias aquella tarde debido a su férrea insistencia, pero yo le haría ganarselas.

Fotito por aquí…
Fotito por allá…
¡Y ahora posando a lo indio!

Pues al final resultó ser un buen guía y me enseñó cosas muy interesantes de aquel lugar. Terminó cayéndome en gracia cuando me contó algo acerca de su vida (si es que me contó la verdad), y es que así son los indios, haciendo un símil con un libro, tienen una historia simpática, fácil de conectar, pero un prólogo horrible, esto es, que el primer contacto que hacen suele ser negativo, plagado de mentiras y con la pura y mera intención principal de sacarte el dinero. No es hasta que te interesas por sus vidas y les preguntas acerca de su familia y su día a día cuando empieza a florecer esa parte positiva que guardan.

Entre todo el caos del tráfico indio, este vino a caerse en la zona más amplia y más tranquila, misterios de la India…

Y con esto más o menos di por terminados los preliminares en Agra antes de prepararme para la visita al esperado monumento, el más grande jamás construido por amor, según se cuenta. La primera de las 7 maravillas del mundo moderno que mis ojos tendrían la ocasión de contemplar. El Taj Mahal.

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