Ultimátum en Nueva Delhi

Después de pasar -con más pena que gloria- cuatro días en Nueva Delhi, me monté en un autobús con dirección a Jaipur con el siguiente pensamiento en mi cabeza: «si Jaipur es como Nueva Delhi, me cojo el primer vuelo que haya y me largo de este país». Tan sólo llevaba cuatro días en India, y por triste que parezca, ya estaba pensando en marcharme. Pero empecemos por el principio…

La madrugada del 26 de diciembre aterrizaba en el Aeropuerto Internacional Indira Gandhi de Nueva Delhi, la capital del país. Lo primero que noté al salir de aquella enorme terminal fue un frío seco que me caló hasta los huesos. Al parecer, me planté en el norte de la India en plena ola de frío, y exactamente un día después de marcharme, el 31 de diciembre, se registró como el día más frío de diciembre en aquella ciudad desde hacía más de 100 años. Olé mis huevos, con lo que me gusta a mi el frío.

Aeropuerto Nueva Delhi
El aeropuerto de Delhi, el único lugar limpio y ordenado que tuve el placer de pisar en aquella ciudad

Lo siguiente que noté, tras encarar una horda de decenas de taxistas «sedientos» de clientes a las puertas de la terminal, fue que la personalidad de los indios era muy diferente a lo que yo estaba acostumbrado en meses atrás. Si pensaba que los vietnamitas eran tímidos e introvertidos, estos eran todo lo contrario. Los indios no te miran, te analizan y radiografían de arriba a abajo como si de un escáner antidroga se tratara. Aunque la tarea les lleve más de 50 segundos y tengan que girar el cuello en un imposible ángulo de casi 180 grados para seguirte con la mirada, lo harán, mientras tú te sientes algo más que observado: intimidado (al menos durante los primeros días, hasta que te acabas acostumbrando). Para ellos es algo de lo más común, algo que harán con el siguiente que les llame la atención.

«Ni comiendo te puedo dejar de mirar»

Hasta pasados unos días no sería consciente de hasta qué punto a los indios les costaba «identificarme» como extranjero, pues la gran mayoría pensaban que era compatriota suyo, o sea indio. Cosa que «creo», me salvó de montones de «acosos» diarios por parte de vendedores y estafadores.

Como un indio más

El caso es que entre toda aquella marabunta de taxistas, conseguí que uno de ellos me llevara hasta el hostal que había reservado por «sólo» 600 rupias (7,5€). Entre escupitajo y escupitajo, el indio insistía en llevarme a un «buen hotel», «a uno muy cerca de allí que él conocía muy bien». Me estaba hablando de uno de los hoteles de tres y cuatro estrellas que se encontraban en los alrededores del aeropuerto. Uno de esos en los que el precio por noche no baja de los 40€. Si yo aceptaba, seguramente mataba dos pájaros de un tiro. El primero, se evitaba conducir los 14 kilómetros que separaban el aeropuerto de mi hostal. Y el segundo, y seguramente el más importante para él, cobraría una comisión por parte del hotel por traer al «turista». Lástima que el hostal que yo tenía reservado e costara sólo 4€ la noche y que ni el cansancio de las casi 6 horas de vuelo ni el frío me ablandaron en mi determinación. Al final, a la tercera negativa fue la vencida, y el hombre desistió, llevándome directamente al hostal.

No me considero una persona miedosa. Menos miedo siento aún de otras personas. Pero he de reconocer que recorrer algunas calles de Delhi a las 3 de la mañana, entre la niebla y el polvo de la carretera, y cruzar entre grupos de personas que intentaban resguardarse del frío alrededor de una hoguera, entre toda clase de vehículos completamente desguazados y calcinados, eso da respeto, como mínimo. Pues allí se encontraba mi destartalado hostal, en medio de todo aquello. Pasé aquella noche allí porque no tenía otro sitio donde ir, pero tanto el hostal, como el hombre que lo dirigía, parecían sacados de una película de terror.

Paharganj Nueva Delhi
Mi segundo hostal lo encontré en el Paharganj, el famoso y concurrido «barrio mochilero» de Delhi
Vaca en Nueva Delhi
Todos querían darme la bienvenida a India, hasta las vacas

A la mañana siguiente encontré un hostal decente, aunque un poco más caro, y entre una polución salvaje entremezclada con el polvo de la carretera, y la sensación de encontrarme en un hormiguero, me dispuse a visitar algunos de los sitios emblemáticos de aquella enorme urbe (¡35 millones de criaturas, damas y caballeros!).

Junto a un simpático chaval de Singapur llamado Clarence que conocí en mi hostal y con el que coincidí en el profundo sentimiento de «caos» que Nueva Delhi me transmitía, visité el Lotus Temple, uno de los lugares que más me gustaron de la ciudad.

Lotus Temple Delhi
El Lotus Temple de Delhi
Como nosotros, muchísima más gente, entre indios y extranjeros, querían visitar este magnífico templo

Se terminó de construir en 1986 y su nombre se debe a su diseño en forma de flor de loto. La entrada es totalmente gratuita y lo más interesante de este templo es que no pertenece a ninguna religión en concreto, sino que, con total silencio y respeto, se permite la entrada al mismo a cualquier persona, practique la religión que practique, para rezar, o simplemente, contemplar aquella estructura. Está prohibido tomar fotos del interior pero se trata de una sala enorme, con capacidad para 2.500 personas, con un diseño totalmente minimalista, sin populosos adornos u objetos de adoración. Me encantó todo de este lugar: la filosofía pacifista, respetuosa y plural con respecto a la religión, el precioso diseño exterior, y el diseño simplista y aséptico del interior. Una gozada. Para sorpresa mía, según la Wikipedia, el Lotus Temple ya supera en visitas al famoso «Taj Mahal» y es uno de los 50 lugares más visitados del mundo, no me extraña porqué.

Sunderwala Burj
Sunderwala Burj, en el Sunder Nursery Park
Mezquita musulmana en Delhi
Antigua mezquita musulmana en Delhi
Galería de arte moderno en Nueva Delhi
Galería de arte moderno

Por supuesto, Nueva Delhi tiene muchísimo más que ver y visitar de lo que a mi me dio tiempo en mi corta estancia allí. Y a pesar de que luché contra el intenso frío, la sofocante contaminación, los indeseados estafadores y el caos general para aprovechar los días y empapárme de toda la cultura india, al cuarto día me saturé, y ahora os explicaré por qué.

No estaba muerto… Tampoco de parranda

Tenía un billete de tren comprado para el cuarto día a las 13:00 horas, con destino Agra. A las 11 de la mañana, mochilas en espalda y pecho, me dirigía hasta la estación de trenes, cuando dos hombres vestidos de calle me paran a voz en grito y me agarran para preguntarme que a donde voy. Sin más, les digo que a coger un tren para Agra. Me dicen que les enseñe el ticket. Yo me mosqueo un poco por las maneras y les pregunto si trabajan allí. «Por supuesto», me contestan los dos. Les enseño mi ticket y me dicen que mi tren ha sido cancelado debido al mal tiempo, que tengo que ir a una oficina del gobierno cercana para cambiarlo por otro a las 8 de la noche. Me cogen incluso un «tuk-tuk» y me aseguran que me llevará al lugar indicado por sólo 10 rupias.

Estación de treneNDL de Nueva Delhi
Estación de tren NDL de Nueva Delhi
Estación tren Nueva Delhi

Cuando llego a la susodicha oficina, las miradas se posan en mi, y muy amablemente me invitan a entrar en una habitación de oficina donde un señor muy atento me pide que le enseñe mi ticket. Al cabo de un rápido chequeo en el ordenador me dice que efectivamente, mi tren se había cancelado, y acto seguido me pregunta cuáles son mis planes en India, que ellos me pueden ayudar a organizarlo todo. Ya con la mosca en la oreja me invento un recorrido aproximado para terminar pronto con aquello y el hombre se pone manos a la obra organizando transportes y alojamientos. Al final, por el módico precio de 800€, me organiza mi recorrido por India durante los siguientes 10 días. Tengamos en cuenta que 800€ en India equivalen a unos 3.000€ en España, o incluso más. Yo me bajo a la arena y le contesto que sí, que me parece perfecto el precio y el recorrido, pero que primero voy a chequearlo con un primo hermano tercero que está en la estación de trenes esperándome, y que en 10 minutitos estoy de vuelta, dinero en mano, para aceptar tan generosa oferta. Salí de allí, y por supuesto, no volví.

Sintecho indio
Un «sintecho» duerme bajo la imagen de un pavo real, símbolo de «vanidad y grandeza» en India

Al poco de salir de la oficina recibo unos SMS comunicándome de que casualmente, mi tren para las 13:00h se había cancelado de verdad. Me vuelvo a la estación andando, pues esta vez ningún conductor de tuk-tuk me quiere cobrar 10 rupias para volver, sino 120 o 150. Cuando llego allí, me voy directamente a la segunda planta y entro en la «internacional tourist bureau», una sala grande dedicada exclusivamente a atender a los turistas. Saco mi ticket, y me siento, junto con otras 25 o 30 personas que allí nos encontrábamos. Cuando pasa media hora larga, me doy cuenta de que de las 5 o 6 ventanillas que existen, sólo una está funcionando. UNA, para atender a más de 25 personas en ese momento (más las que iban llegando) y de las cuales el promedio con cada una era de 10 a 15 minutos. Tras una hora y media, cansado de esperar y viendo que aún tenía por delante 15 personas más, me levanté y me fui, dando por perdidos los 3€ del coste del ticket y posponiendo, momentáneamente, la experiencia de viajar en tren en India.

Internacional tourist bureau New Delhi

Entré en la primera agencia de viajes que encontré y pregunté si tenían buses para Agra. La respuesta fue que sí, pero para la mañana siguiente. Yo no quería esperar otro día más para salir de Nueva Delhi, así que probé suerte en la siguiente y cuando me preguntaron «a donde quieres ir», les respondí: «a donde sea, pero cuanto antes». Al recordar esto hoy, la situación me produce risa, pero estaba realmente cansado de estar allí. Aquel buen hombre me responde que tienen un bus que salía hacia Jaipur esa misma noche, por sólo 1100 rupias por ser yo (14,15€). Lo chequeo en internet y los tickets cuestan 660. «Por supuesto que ellos tienen que ganar algo como agencia», pensé, pero no será casi el doble por parte mía. Le digo que lo pensaría y volvería esa tarde como método de presión, y a las dos horas vuelvo para decirle que, tras revisarlo, le puedo pagar 800 rupias (10,21€), el hombre acepta de primeras y al final nos quedamos allí charlando, incluso comiendo juntos.

Carretera en Nueva Delhi
Aunque los hay, los pasos de cebra en Delhi son meramente decorativos

Tras una larga conversación con almuerzo incluído, los dos socios de aquella agencia me comentaban que eran musulmanes (uno de ellos ex conductor de autobuses), y que los hinduistas, que acaparaban el poder en el gobierno en esos momentos, estaban poniendo más difícil la convivencia en el país con sus leyes y hostigamientos. Me contaron acerca de sus vidas y yo hice lo propio con la mía. Al final resultaron ser dos buenas personas tratando de salir adelante en un país con una situación muy difícil. Pero tampoco son tontos, y saben que en Europa se vive «sobradamente», así que de vez en cuando, cuando les dejan, pues cobran una «recarguilla» al extranjero. Algo que, por cierto, también saben muchos del sector hostelero en nuestro país 😉

Terminado el almuerzo y la cháchara, llegó el momento de gestionar mi reserva. Tuvieron que llamar al menos tres veces a la compañía de autobuses para asegurarse que mi reserva era «sleeper» (es decir, una cama, en vez de asiento). El viaje era de 7 horas largas durante la noche y me apetecía descansar, además pagué el correspondiente precio por la cama. La última de ellas, ya un poco cabreados, consiguieron hacerse entender, y me aseguraron que tendría una «cómoda» cama e incluso un tuk-tuk me recogería allí mismo para llevarme a la misma parada, por sólo 100 rupias. Yo quedé contento y satisfecho con el trabajo, que lo hicieron lo mejor que pudieron. Me dieron también una tarjeta con un número donde podía llamar si sucedía cualquier imprevisto.

India Gate (Puerta de la India)
India Gate, o Puerta de la India
El Paharganj de Delhi

Llegó la hora acordada. Subí al tuk-tuk y tras recorrer una sucesión interminable de calles abarrotadas de tráfico y personas, llegamos a una avenida donde se apilaban decenas y decenas de autobuses, todos al borde de la carretera, con chavales gritando el nombre de diferentes ciudades indias de un lado para otro. Incluso en un momento dado, un chaval se colocó en medio de la carretera donde nos encontrábamos y casi abalanzándose al tuk-tuk gritaba «¡Jaipur, Jaipur!». Pasamos de largo a toda velocidad. Yo le pregunté al conductor si no era ése el bus que tenía que coger y me dijo que no, que no me preocupara. Diez minutos después llegamos al lugar donde se encontraba el bus que me llevaría a mi destino, y yo me bajé del tuk-tuk todavía pensando cómo narices sabía aquel chaval que aquel tuk-tuk en concreto transportaba una persona que iba hacia Jaipur. ¿O haría lo mismo con los cientos de tuk-tuk que pasaban por allí? En fin, misterios de la India…

Entre decenas de ellos, este era el bus que me llevaría hasta Jaipur

Total que me aproximo a la garita con el nombre y número que me habían escrito en la tarjeta. Allí había 3 indios reunidos y hablando entre ellos. Les doy las buenas noches y les digo que tengo una reserva para Jaipur, entregando a uno de ellos la tarjeta que me habían dado. El tipo la coge, la mira, me mira un momento a mi, y suelta «there is a ticket problem, you have to pay an extra of 250 rupies» (traducción: hay un problema con el ticket, tienes que pagar 250 rupias extra). Yo no sé cual sería mi cara, pero con las mismas le quité la tarjeta de la mano al chaval y sacando el móvil les digo que iba a llamar a la agencia de inmediato. No pasaron ni cinco segundos cuando con mala cara el mismo tipo soltó un «¡It’s okey! Come with me» y me llevó a otra garita donde me rellenó un pequeño papel y me señaló el bus que habría de coger. Sin decir ni adiós, se fue, evidentemente cabreado por no haber podido estafar al extranjero.

La guinda del pastel de aquel largo día la puso el chaval que organizaba los asientos del bus cuando al darle las buenas noches y enseñarle el ticket me señala un mugriento y desvencijado asiento. El número 17, lo recuerdo como si fuera ayer.

El comodísimo asiento que pretendía asignarme para el trayecto de 8 horas

Era mi cuarto día en India y todavía no había aprendido la bendita paciencia que hay que tener allí. Pero no me juzguéis, fue un día entero de intentos de estafas y cachondeos desde temprano por la mañana, hasta aquellas horas de la noche. No pude reprimirme. Le di un golpe a una de las puertas de chapa que cierran las camas y levantando un poco la voz le dije que había pagado por una cama, no por un asiento. El joven chaval se quedó mirándome a los ojos con semblante desafiante durante uno segundos. Debió de ver que además de no apartar la mirada, aquel extranjero estaba dispuesto a lo que fuera aquella noche, pues al final se dio la vuelta y me señaló la cama número 13. Del 17 de la buena suerte, al temido 13 por los supersticiosos, ¿sería una señal?

Y allí acostado en esa sucia litera, cansado y decepcionado por lo acontecido durante todo el día, proferí aquel ultimátum del que nunca me olvido: si Jaipur es igual que Nueva Delhi, me voy en el primer avión que salga de India.

Pero no sería justo cerrar esta entrada sin mencionar antes a los indios que SÍ me ayudaron e hicieron mi estancia más amena en Nueva Delhi, como «Jenny» la propietaria del hostal donde pasé tres noches. O «Julia» el chico indio que me aconsejó y me enseñó algunas cosas sobre su país, incluso me invitó a desayunar. Gracias a él descubriría el «Sweet Lassi» y el «Jelibi».

Desayuno con Julia. ¡Que aproveche!
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